martes, 4 de diciembre de 2012

ESOS DÍAS.

Hay días en los que sin saber porque los renglones se empiezan a torcer. Así, de repente y sin avisar, la caligrafía que ayer rayaba la perfección hoy se ha convertido en una cascada serpenteante de caracteres que apenas se reconocen como escritura. Ante cada intento desesperado por enderezar y alinear las letras una fuerza invisible se empeña en dejarlas hechas un mar de garabatos que llenan el blanco del papel sin orden ni concierto.

Llega ese momento en el que cansado de luchar sientes como el peso del bolígrafo es insoportable, sientes como las manos duelen, los brazos pesan… la mente pesa. ¿Es momento de parar?, ¿tal vez dejarse vencer por las contrariedades?, ¿sería mejor tumbarse en el sofá y contar 1000 veces 1000 antes de volverlo a intentar?

Algunas veces, mientras cojo otra vez el boli, mientras lo encajo entre mis doloridos dedos, me lamento por ser tan luchadora… ¿o debería dar gracias por ello?

martes, 6 de noviembre de 2012

CATARSIS (CRISIS)


 

Como cada mañana salgo de casa a una hora razonable. A medida que el ascensor se aproxima a la planta baja puedo percibir una conversación nada amigable. Ella, una vecina, una mujer, una señora, me sorprende levantando la voz al técnico que ajeno al problema está a punto de iniciar una compleja reparación. El gran problema, el tema de la gran discusión es lo arriesgado que le parece a nuestra mujer el permanecer durante cuarenta y ocho horas sin el servicio imprescindible de ese bien preciado que es nuestro ascensor. Una gran responsabilidad que recaerá en la empresa que realiza esa reparación y en quien ha decidido que no se hiciera junta de vecinos para aprobarlo.  Algo inesperado puede ocurrir, una vez pasadas las veinticuatro horas que nuestra señora ve razonables para estar sin este servicio.

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                A pocos kilómetros de allí en el único centro comercial de la ciudad y unas pocas horas después un coche robado aluniza sobre la joyería. “Esto es el bronx” alguien comenta en el FB, esa plaza del pueblo. Si, tal vez en el Bronx esto ocurra a diario, pero ¿aquí?, ¿en Castellón?.

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                En esos momentos, en el centro de la ciudad una mujer camina ensimismada dirigiendo sus pasos hacia el supermercado del barrio. Un cartel pegado en una de las farolas que se encuentra en su camino llama su atención. Se pregunta qué le ha resultado interesante del cartel, sin leerlo. Es igual que las otras decenas de mensajes que personas anónimas dejan en cualquier lugar visible para intentar vender, comprar, trabajar. Pero al comenzar a leerlo queda perpleja:

                «Soy un hombre de 43 años, nacido en Castellón, albañil y agricultor. Necesito alquería, con o sin luz, con o sin tierra. Necesito un techo donde vivir…»

                Con el corazón encogido ella continúa hacia el supermercado. Ese hombre podría ser cualquier conocido, cualquier persona como ella, como su marido. Podría ser un padre de familia,  sin un techo bajo en que refugiar a sus hijos.

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                               Esa misma madrugada en la capital de este país sumido en el caos tiene lugar una fiesta en una macrodiscoteca. Inesperadamente la joven estudiante de medicina se encuentra bajo el peso insoportable de decenas de cuerpos. Sabe que va a morir. Siente que sus pulmones se aplastan, el aire no puede penetrar en ellos. Frente a ella, cogida de su mano, su amiga grita desesperada, no deja de tirar de ella, de llorar, de pedir socorro. Nuestra joven estudiante sumida en la confusión mira a la persona que se encuentra junto a ella. Un joven agoniza a su lado con el rostro desencajado, con síntomas evidentes de asfixia. Él consigue entornar sus ojos y la mira ya desde otro lugar. Ella  con la última bocanada de aliento que le queda le susurra con una tímida sonrisa “no temas, ya termina todo”. 

 

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                Como cada mañana desayunamos con las noticias de fondo. Una mala costumbre que no se si conseguiré cambiar. Un grupo de policías antidisturbios se enfrenta a los manifestantes. Este también es nuestro país. Mi hijo mira la pantalla con los ojos abiertos desmesuradamente, brillantes, al borde del llanto. Abandona su cuchara y sin miarme me dice: ”Mamá tengo miedo, no quiero ver esto, estos policías son malos. No quiero policías malos.” Como muchos otros niños él quiere ser policía cuando sea mayor. Antes de poder responderle uno de los manifestantes patea la cabeza de otro antidisturbios. Podría ser una escena de cualquier película ambientada en el Bronx. Una bota vuela para estrellarse en la cabeza de una persona, un certero movimiento de algo que semeja una llave de cualquier arte marcial.

Me quedo sin argumentos ante estas situaciones. Este es nuestro país, el lugar al que hemos traído a nuestro hijo. Como le explico que el ser humano es bueno, como le argumento que no tiene que pegar, que tiene que estudiar, aprender y ser bueno. Cómo le cuento que esta crisis nos está transformando en seres imprevisibles, algunas veces inhumanos y desesperados.

¿Por qué?

martes, 9 de octubre de 2012

LA SOLEDAD DE LA ESPERA


Cuando Marc entró en el local, se quedó paralizado unos segundos. Observó que las mesas más próximas a la entrada estaban vacías. El intenso frio reinante en la calle se colaba por la puerta y no hacía agradable estar allí. Miró al fondo del local y descubrió una mesa libre. Sin prisa, se encaminó hacia ella. Mientras paso a paso se acercaba a su objetivo, disimuladamente observó a la gente que ocupaba las mesas vecinas. 
           Una mujer entrada en años, cogía su taza de café con leche entre las manos. Daba la impresión de todavía no se había quitado el frio de la calle de encima.
           Una pareja, sentados frente a frente,  se cogían de las manos y se miraban directamente  a los ojos con miradas enamoradas.

En le lado opuesto a donde el decidió sentarse, un joven estaba concentrado en la lectura de un grueso libro. Una taza de café humeante y un cenicero lleno de colillas apuradas y apagadas eran su única compañía.

De pronto un movimiento brusco le sobresaltó. Una  mujer se había inclinado hacia el centro del pasillo, cortándole el paso. La mujer no se había levantado de la silla, no lo necesita para recoger el pequeño estuche de color rojo que le había caído al suelo. Él se paró con un ligero temblor en las piernas. Ella alzó la cartera roja mientras su melena oscura, rizada, salvaje, se derramaba sobre su hombro y su espalda. Como a cámara lenta se incorporó, sin levantarse de la silla, ajena al hombre que permanecía  parado en medio del pasillo. El rostro de la mujer empezó a aparecer por debajo de los rizos que iban volviendo a su lugar. Sus miradas chocaron. Sus ojos no parpadearon. Ella esbozó una tímida sonrisa y al darse cuenta de lo ocurrido, murmuró una excusa casi inaudible. Paso libre, él continuó andando hasta alcanzar la mesa elegida.

El calor del local le recordó que no se ha quitado el abrigo. Un ligero rubor empezaba a cubrir sus mejillas. Esa mujer, tal vez la había visto en otro lugar. Esos ojos de mirada penetrante, negros como la noche. Mientras se desabotonaba el abrigo intentó recordar donde ha visto antes a esa mujer. Sumido en sus reflexiones Marc ocupó la silla que queda de cara al único acceso al local. Dejó sus prendas de abrigo perfectamente ordenadas en la silla más próxima a la pared. Consultó su reloj de pulsera, que le informó de que todavía faltaban unos veinte minutos para la hora. Demasiado tiempo, demasiados nervios. Pensó que nunca aprendería. Maldita costumbre de llegar demasiado pronto, con lo que odiaba esperar.

Una camarera uniformada y sonriente se aproximó a su mesa preguntándole que deseaba tomar. Con el frio en el cuerpo, decidió que lo mejor sería una bebida bien caliente, que le templara por dentro. Mientras la camarera se retiraba, sacó del bolsillo de su americana un paquete de tabaco. Concentrado en unos movimientos que le conducirían a un placer efímero, Marc encendió un cigarrillo. Se perdió en el va y ben de la llama del mechero que iluminaba sus manos al prender el cigarrillo. La penumbra del local le dificultaba ver con nitidez la puerta. No podía dejar de pensar en la primera  vez que la vio. El día en que se conocieron. Este mismo bar, hace ya unos treinta años.

Todos los años ocurría igual. Al llegar esta fecha, trece de enero, acudía a la cita, a la misma hora. Siempre llegaba con la esperanza de volver a verla. Así quedó con ella cuando se despidieron. -Amor,- le dijo ella, nos vemos el trece en el café de siempre a las diez, no te retrases. Pero año tras año ella no acudió a su cita.

Sentado en su mesa solitaria, los minutos se acomodaban  sobre sus hombros como una pesada carga. Casi no podía recordar sus dulces rasgos. ¿Eran sus ojos azules como el mar? ¿Cómo olía su pelo? ¿Cómo era la suavidad de sus manos?  El olvido, la incertidumbre, la espera hacían mella en su ánimo después de tantos años. Mientras Marc se encontraba flotando en sus recuerdos, la camarera, con su mejor sonrisa, se aproximó a la mesa dejando con suavidad la taza y la tetera. Este era el preferido de Julia, suave, aromático y con un poco de leche.

Se abrió la puerta del local y a través del denso humo que semeja la niebla que recorre las ciudades nórdicas, entró un hombre con su abrigo oscuro abotonado hasta el cuello. Se protegía del intenso frio con una bufanda y un sombrero oscuro. Detrás del hombre irrumpió de una forma precipitada una mujer. Su cabello rubio muy corto asomaba bajo una pequeña gorra ladeada sobre su cabeza. La gorra parecía en la distancia de un rojo vivo, al igual que los guantes que protegían sus manos de la dureza del frio del exterior. Se quitó distraídamente los guantes y se empezó a frotar las manos, para hacerlas entrar en calor, mientras inspeccionaba a la gente que tenía cerca. Se dio cuenta, de pronto, de que su acompañante ya había llegado a la barra y estaba hablando con la chica que le ha servido el  té. Ella se le acercó, desabrochándose el abrigo y se abrazó a la cintura de su acompañante.

Una corriente eléctrica cruzó el cuerpo de Marc. Parecía Julia. Entornó sus ojos para ver mejor a la pareja. Dudó. La mujer era de la misma constitución que ella, los movimientos eran similares a los que recordaba de Julia. Y esa forma de abrazarse a su pareja. Ahora si podía sentir los brazos de su mujer rodeando su cintura. Marc desconcertado cerró los ojos y ocultó su cara entre sus manos. Le parecía imposible de creer lo que estaba viendo. Habían pasado veinte años desde que Julia desapareció. Intentó controlar y apaciguar su respiración. Ya más calmado empezó a hacer algo que se le daba muy bien, racionalizar. Mientras su rostro seguía escondido tras sus manos, reflexionó. Su mujer tenía treinta años cuando desapareció, su aspecto habría cambiado, el suyo lo había hecho. Cuando Julia estaba en casa era vital, joven, pura energía. Pero el paso del tiempo hace cambiar el aspecto de las personas. No podía ser ella.

Se atrevió a alzar su rostro y volverse a enfrentar con la visión de aquella pareja que tanto le había perturbado. Los buscó por el local y los encontró acodados en la esquina de la barra. La luz de la lámpara que incidía directamente en el rostro de ella le dejó claro que la conclusión  a la que había llegado era la acertada. No era Julia.

Los minutos corrían sin pausa mientras que Marc empezaba a perder las esperanzas de verla. Un año más su sueño tendría que esperar. Julia tampoco había aparecido. Desde su desaparición la policía no paró de buscarla. Durante unos años persiguieron cada una de las pistas que les pudiesen llevar hasta su paradero. Fue imposible, una y otra vez volvían con la misma noticia. Sin rastro de Julia. Incluso se tuvo que enfrentar a una acusación con la posterior investigación ya que era el principal sospechoso del posible secuestro o asesinato. Por supuesto no había fundamento para estas sospechas y finalmente los investigadores le dejaron en paz.

Un año más Marc recogió su abrigo y salió cabizbajo a la calle. Se subió las solapas para protegerse del frio. Encaminó sus pasos a casa. Mañana visitaría como siempre a sus suegros que también continuaban esperando noticias de Julia.

Cuando llegó a casa Marc lloró como venía haciendo cada trece de enero.

domingo, 2 de septiembre de 2012

CUANDO TODO OCURRIÓ


Cuando sus ojos, oscuros y tentadores se posaron en los míos, sentí como él era capaz de ver en mi interior, como la energía empezaba a fluir entre los dos. Mis alas se desplegaron una vez más, se sacudieron el polvo que los años habían depositado sobre ellas y tímidamente echaron a volar. Comenzó siendo un vuelo temeroso, preñado de miedo y de inseguridad. Durante el viaje, me fui lejos, visitando otros países, otros lugares en los que pude disfrutar de las risas que resonaban en los maravillosos escenarios de otras vidas

         Cuando sus manos se posaron en mis hombros, una corriente recorrió mi espina dorsal y se ramificó por cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Fue justo en ese momento, cuando sus dedos se deslizaban por mi espalda, cuando pude sentir como la propulsión de mis entumecidas alas alcanzaba la máxima potencia y conseguían volar más alto. Casi ya no sentía el peso del miedo y la inseguridad. Me sentía como si nunca hubiera dejado de volar en libertad. Me sentía disfrutar.

         Cuando me dirigió su voz masculina, fuerte y rotunda me encontraba en lo más alto de mi fantasía. Iba a ser una caída dura, fulminante. Así y todo abrí mis oídos para escuchar con atención.

         -¿Es esta tu alianza? –me preguntó con su mejor sonrisa mientas rozaba con la punta de su dedo la alianza que se encontraba en el mio-.

         Entonces fue cuando caí.


Cuando todo ocurrió    by Pilar Aleixandre

domingo, 5 de agosto de 2012

DESCONOCIDA


          Ella era nueva en el grupo, Javier estaba seguro de que  no la conocía. Era una de las muchas amigas de Manuel. Lucía un bonito vestido de pequeñas flores en tonos malva, con unos finos tirantes de cuero del mismo color, que descansaban sobre sus redondeados hombros. El vestido ajustado y no demasiado largo, poco dejaba a la imaginación del espectador. Se fueron sentando alrededor de la mesa a medida que  iban llegando de tal forma que Marta quedó (así se llamaba la desconocida) junto a su acompañante Manuel, orgulloso de lucir una mujer tan espectacular. La joven solo parecía tener ojos para su pareja que, en mientras charlaba animadamente, se ocupaba de presentarla a todos los asistentes a la cena. No en balde era su fiesta de cumpleaños y el anfitrión de la misma.

El cabello de Marta era de estilo muy masculino sin perder por ello su sensualidad. Sus ojos verdes, con una profunda mirada, parecían estar escudriñándolo siempre todo, sin perderse detalle de lo que pasaba a su alrededor. Su sonrisa era tímida, con unos labios bien dibujados que encerraban una boca sugerente.  EL escote insinuaba unos senos voluptuosos, perfectos, tal vez demasiado perfectos. Y sus caderas… Javier, sentado frente a Marta, se dio cuenta de que la estaba desnudando con la mirada. Eso no estaba bien. Era evidente que llevaba demasiado tiempo sin pareja. Sin pareja y sin nadie que le alegrara alguna de sus noches solitarias. Pero esto no era escusa. Marta era la acompañante de su amigo Manuel, el anfitrión y además en esta ocasión Javier no había venido solo. Le acompañaba Argentina, aquella chica que tanto se preocupaba por él desde que se separó de Verónica.

Una vez estuvieron todos sentados comenzó la cena. Argentina inició una conversación con Manuel, que se encontraba sentado frente a ella, y con Marta, mientras Javier seguía absorto mirando y escuchando a aquella mujer de la que no podía despegar sus ojos. En algún momento Argentina le preguntó algo a lo que sólo acertó a responder con algún monosílabo.

            -¿Te encuentras bien Javier? – susurró poco después Argentina a su oído.

            -Claro que sí –respondió nervioso apartando la mirada de la mujer que tenía sentada enfrente.

            Sin saber muy bien cómo, de pronto Javier se enconó los ojos de Marta clavados en los suyos. Bajó la vista, sorprendido ante la insistencia de su mirada. La verdad es que él se sentía más bien intimidado por esa mujer. Cualquier situación en la que se viera implicado con el género opuesto ponía en marcha su mecanismo de alarma. Con nerviosismo y disimulo cogió la servilleta y se limpió la comisura de los labios…¿y si lo que ocurría era que Marta miraba su rostro manchado? Pero ella no desvió la mirada ni un solo segundo, igual que Argentina no cesaba su charla ni un instante. Intentó apartar a Marta de su mente y de su punto de mira. Cosa difícil.

Hacia unas pocas semanas que Verónica  y Javier habían decidido dar ese paso que tan claro tenían ambos y separarse. Hoy, un par de meses después, asistía a su primer acto social como hombre separado y con el cartelito de disponible parpadeando sobre su cabeza. Había pasado tanto tiempo que ya no recordaba cómo se sentía cuando una mujer lo miraba así, de frente. Y es que Javier estaba a punto de descubrir que Marta era mucha mujer.

            La cena empezó con unos deliciosos entrantes de la más depurada cocina de autor. Unas brochetas de langostinos en tempura con cebolla caramelizada fue lo primero que probaron. La sensualidad con la que marta cogía la brocheta  hizo que la imaginación de Javier volara. Sin dejar de mirar fijamente a sus ojos Marta con delicadeza capturaba la primera porción de la rosada carne, con apenas el filo de sus dientes y con un ligero roce de sus carnosos labios. El barrido de las pestañas de aquella mujer al saborear la presa que acababa de atrapar consiguió hacer dudar a Javier. Ya no sabía si eran imaginaciones suyas, pero de lo que sí estaba muy seguro era del efecto que estaba consiguiendo en su cuerpo aquella visión. Una ligera erección empezó a hacer que su miembro presionara contra la cremallera del vaquero, acrecentando más su nerviosismo. No podía dejar de mirarla, no podía dejar de fantasear con lo que veía. Su mente parecía estar enredada con la visión de aquella mujer, no podía deshacer la madeja tejida con las fantasías que iban surgiendo en sus pensamientos. Era preciso que sus amigos no se diesen cuenta de su estado. Pero por otra parte no entendía como nadie se había fijado en la forma en la que Marta se le estaba insinuando. Ni siquiera Manuel se enteraba de nada y seguía en animada charla con Argentina

Al ver como Marta paladeaba el vino con sus ojos entornados un torbellino de imágenes cargadas de alto contenido sexual asaltaron la mente de Javier. Como esa publicidad subliminal, que se cuela en una batería de anuncios y nos obliga a salir corriendo al frigorífico para tomar un refresco. En ese momento estuvo seguro de que  no lo podía soportar más, por lo que se disculpó y fue al baño. Permaneció unos instantes mirando su reflejo en el espejo. Lo cierto era que los años habían hecho mella en él. Las pequeñas arrugas de expresión se agolpaban alrededor de sus ojos. Alguna cana se asomaba a la oscuridad de su cabello pero su cuerpo continuaba estando musculado gracias a la práctica regular de deporte.  Se refrescó el rostro y la cara interior de las muñecas. Pero esto no era suficiente para calmar su ánimo ya que seguía notando la presión bajo su cremallera. Apurado por la situación valoró las opciones y no creyó oportuno demorarse más. Esperando que nadie reparara en él, abrió la puerta del baño con intención de incorporarse otra vez a la animada cena. Pero no lo consiguió. Su sorpresa fue encontrar allí a Marta que con decisión le empujó hacia el interior del baño y cerró la puerta tras ella.

No es posible, pensó Javier. Pero sí lo era. Los jugosos labios de Marta se acoplaron a los suyos haciendo que sus lenguas se enlazaran en un baile sensual. El perfume sofisticado de ella invadió su pituitaria de macho b haciendo fluir una corriente eléctrica desde el interior de su estomago que irradiaba por todo su cuerpo que permanecía pegado al de Marta. Ella percibía el sexo inflamado de Javier contra su pubis, sus pechos clavados en el pecho de él. Javier se sintió desbordado por la sorpresa pero se abandonó la sensación que se apoderaba de su interior. El deseo.

Las manos de Marta buscaban las nalgas de su compañero de mesa mientras éste caía en un torbellino de pensamientos y preguntas que no podía formular, hasta que consiguió abrir sus ojos y la vio. Ella, esa diosa escultural que se le había estado insinuando durante toda la cena, ahora estaba fundida en su boca, pegada a su cuerpo, envolviendo su culo con esas manos que parecían cientos de tentáculos de una manada de medusas transparentes. Esta visión fue el detonante que hizo despertar a Javier. Sus cuerpos amenazaban con ser uno sólo. Sus manos ávidas de piel y de sexo jugaron a su vez con las nalgas fuertes de la chica para detenerse después en su cintura.

Con firmeza la separó de su cuerpo para contemplarla con un poco de perspectiva. Una silueta terriblemente femenina que prometía cumplir con las míticas medidas noventa – ochenta - noventa. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo. No la conocía de nada. Era la primera vez que se veían y se estaban dando el lote en el baño de Manuel. Su amigo, el acompañante de esta diosa, el anfitrión de esta velada. Y lo cierto es que la deseaba, que el deseo se aferraba a su sexo presionando desde el interior, pidiendo escapar como una fiera encerrada en su jaula.

Unos segundos después, Marta colocó sus manos tras el cuello de Javier y tiró de él para aproximar otra vez sus rostros. Javier ya era otro hombre, era el hombre de antaño. Besó con ímpetu la boca de Marta, paseó su lengua delicadamente por la comisura de sus labios notando como ella parecía acelerar ligeramente su respiración. Mordió  y comprobó como ella lanzaba un ligero gemido como respuesta. Marta notó como se le erizaba la piel de la espalda al sentir como su compañero hacía deslizar un tirante del vestido. La mano de Javier se entretuvo en su desnudo hombro. Empezó después el descenso por su brazo mientras sus labios se despegaban de su boca y comenzaban a sembrar de pequeños besos su cuello desplazándose por él ayudado de su lengua… lamiendo, besando, humedeciendo todo el camino. Subiendo, bajando, explorando su axila, su pecho.

Javier se encontró con los pechos desnudos de Marta. Redondos, coronados por dos pezones erectos, deliciosos. Tenía la urgente necesidad de probarlos pero antes deseaba entretenerse con sus manos. Con suavidad los encajó en ellos, los cubrió sintiendo toda la voluptuosidad de los senos de esta diosa, la suavidad de su piel. Bajó sus manos para coger las de Marta y colocarlas a su vez en los pechos, incitándola a que fuera ella la que se los ofreciera. Así lo hizo Marta, los rodeó por los lados juntándolos y arqueando ligeramente su espalda hacia atrás, le ofreció a su amante el delicioso manjar que él esperaba. Al sentir el aliento de Javier en uno de sus pezones, erecto, acurrucado esperando el envite de la lengua, sintió el primer temblor que le llevó a retroceder. Un solo paso que la aproximó a la fría pared alicatada del baño. Allí se sintió atrapada entre el frio de su espalda y el calor que irradiaba su amante frente a ella. El contacto de los fríos azulejos todavía erizo más la piel de su cuerpo al tiempo que endureció más esos pezones que ya se encontraban prisioneros de su amante. Uno entre sus labios, entre sus dientes que lo mordisqueaban haciéndole ronronear como una gata en celo. El otro entre las yemas de sus dedos que pellizcaban y tiraban de él una y otra vez acrecentando el placer que empezaba a humedecer su sexo.

Javier sintió calor, un calor sofocante aumentado por la temperatura que iba subiendo desde el interior de su cuerpo. Su piel empezaba a humedecerse y decidió quitarse la camiseta dejando al descubierto su torso. Ahora fue Marta la que mantuvo la distancia. Desnuda hasta la cintura donde se había quedado prendido su vestido, con sus desnudos pechos apuntando hacia el cuerpo de su partenaire, parecía la más hermosa Venus griega que jamás hubiese podido imaginar. Miraba el pecho de Javier, sus hombros, sus abdominales bien definidos. Alargó una mano para  dibujarlos con su dedo haciéndole estremecer. Presionó un poco más contra la piel de Javier de manera que la caricia de su dedo se convirtió en un arañazo de su afilada uña, una caricia felina que se aferró ahora con ambas manos a los costados de aquel hombre que tanto la atraía. Le clavó las uñas. Su rostro de hundió en el pecho de su desconcertado amigo sintiendo el perfume masculino que la embriagaba y la empujaba a lamer esa piel desconocida, a morder esos pezones que esperaban el contacto de su boca, de sus dedos.

Javier hizo deslizar el vestido de Marta hasta que quedó en el suelo rodeando sus pies calzados sobre vertiginosas sandalias de tiras rojas. Con precipitados movimientos bajó las bragas de Marta. Un latigazo de placer recorrió su cuerpo al  observar pausadamente la desnudez objeto de su  deseo. Una preciosa piel bronceada carente de marcas blancas. Unos ojos verdes que le miraban desde la profundidad del deseo. Unas manos que se aproximaban a su cintura para, en segundos, desprenderle también a él de la ropa que todavía protegía su sexo.

Como una bandera plantada en la conquista de una isla desierta su miembro se irguió con toda su longitud y bajo la mirada estupefacta de Marta. Son ciertos los rumores sobre el tamaño del  sexo de Javier, pensó Marta conteniendo una sonrisa. Nunca había visto nada igual. Como hipnotizada se puso en cuclillas frente al falo que parecía llamarla con pequeños movimientos compulsivos. Lo rodeó con sus manos y depositó la punta de su lengua en el prepucio. Javier gimió. Recorrió toda su longitud, lamiendo la brillante piel, mientras con una mano abarcó los testículos. Los amasó, los aprisionó ligeramente mientras él se sentía transportado a la cima más alta del placer. El sudor ya empezaba a correr por la espalda de Javier, el aire era agobiante, la respiración agitada, ruidosa, mezclada con susurros incomprensibles, con los latidos de su corazón que acelerados martilleaban en la sien.

Al abrir los ojos la imagen que se encontró bien podría llegar desde una cámara de cine filmando plano cenital, tras la que se encontrara él fisgoneando una escena de sexo. Su miembro desaparecía en el interior de la boca de la mujer para luego volver a emerger brillante sonrosado. En algunos momentos la lengua de Marta jugaba con la zona más sensible haciendo que su vista casi se nublara por el placer. Consiguió arrancar su voluntad de la presa del placer para hacer subir la boca de su amante hasta la suya y saborear su propio sexo entre los labios de ella mientras su  miembro latía furioso reclamando más deliciosas atenciones.

Pero era momento de hacerlo esperar, de hacer volar a su amante. La cogió de las muñecas inmovilizándolas contra la pared enlosada, dejando todo el cuerpo de Marta abierto para él. Así, con ella bien sujeta, empezó a lamerla. Sus labios, sus mejillas, sus orejas, su cuello, su pecho, su vientre. Liberó las manos de la chica y se concentró en su pubis. Su lengua buscó entre el vello hasta alcanzar la humedad de la carne cálida. Un dedo avanzó por la maraña oscura y con avidez localizó el compacto clítoris ardiente, inflamado, vibrante y con rítmicos movimientos empezó a estimularlo al tiempo que su lengua no paraba de investigar. Mientras la otra mano aferraba sus glúteos y atraía el cuerpo de Marta  con fuerza hacia si.

Marta gemía, casi gritaba por lo que Javier tuvo que acudir en su auxilio y dejar los juegos de su lengua pata cerrar aquella estupenda boca y aplacar los excitantes gemidos. Con los labios sellados por los de su amante prosiguió con el juego de sus dedos con el sexo. Haciéndoles volar desde el clítoris donde se entretenían en pequeños golpecitos, hasta la entrada de la vagina húmeda, cálida, confortable. Volviendo a planear por el monte de venus para decidirse a entrar en el interior de su sexo que palpitante, aprisionaba su dedo juguetón, aferraba el segundo dedo que se unía al primero, oprimía los tres dedos que se divertían escondiéndose en su interior para luego volver a salir rítmicamente.

Completamente empapada y al borde del éxtasis Marta logró separar sus labios de los de Javier y prácticamente le suplicó que la poseyera. Éste no se demoró en complacerla y con decisión cambió sus dedos por su sexo. Lo introdujo en el de ella mientras se sostenían las miradas. Centímetro a centímetro se fue perdiendo en la humedad de su interior, empapándose de los fluidos que la inundaban. Empujó la primera vez con precisión, arrancándole un gemido a su amante. Con un poco más de fuerza la segunda vez haciéndola reprimir un pequeño grito de placer. Javier acudió una vez más a callar los labios de Marta con los suyos  y ya sin pausa adquirió el ritmo necesario para atravesar la barrera del sonido en  el vuelo que les llevó a la cumbre del placer. Ambos gozaron del sexo salvaje, de la pasión prohibida, del peligro de ser sorprendidos en aquella situación difícil de explicar. Solo escuchaban el pulso de sus corazones, la respiración agitada, la fricción del roce de sus sexos con el ritmo acompasado con la música que llegaba del salón. Llegó el éxtasis envuelto en una sinfonía de gemidos, suspiros, contracciones involuntarias de sus músculos, aromas de sexo y sudor que envolvían toda la estancia. 

Sin un minuto de descanso para dedicarse las atenciones que él deseaba, cargadas de cariño y ternura, Marta se duchó con rapidez, cuidando de no estropear su peinado, y se vistió. Se retocó el maquillaje, se arregló el cabello y se volvió para mirarle, de frente. Por primera vez se dirigió a él.

-La realidad ha superado los rumores. Ha sido un placer Javier -le susurró a su oído mientras depositaba un dulce  beso en su ruborizada mejilla.

Y salió del baño dejando a su compañero de juegos estupefacto.

miércoles, 1 de agosto de 2012

LA BODA

Por fin estábamos frente al altar. Después de casi diez años de noviazgo Javier y yo habíamos decidido dar el paso. Ya no nos quedaban excusas para retrasar nuestra boda y éste era el día, éste era el momento. Mis nervios crecieron cuando recibí la llamada del oficiante de la ceremonia comunicándonos que no podía asistir por una causa grave, por lo que iría alguien a sustituirlo.

Mis padres no veían el momento de ver a su hija casada con Javier. Con Javier o con quien fuera. Con treinta y cinco años cumplidos todavía estaba viviendo en su casa, a la sopa boba, y la verdad es que su amor de padres era evidente que estaba tocando a su fin.

Lo primero que percibimos fue el sonido de una motocicleta de gran cilindrada subiendo la interminable cuesta de la ermita. Giró la curva que desembocaba en la explanada del parquin del restaurant y apareció la Harley Davidson de un precioso color rojo combinado con detalles crema y plata. Después de parar el motor se apeó con agilidad. Vestía un traje chaqueta de raya diplomática sobre fondo marengo. Al quitarse el casco una larga melera de color fuego se derramó por su espalda. Esta mujer sería la oficiante de nuestra boda. Se nos aproximó mientras se quitaba las gafas de sol, descubriendo unos ojos verdes perfectamente maquillados aunque con discreción para la ocasión. 

-Lamento el retraso, -se disculpó dirigiéndose a Javier y a mí-  Soy Beatriz Quiroga. –Aclaró manteniéndome la mirada.

Aquí me desconecté de mi entorno. Beatriz era mi ángel, el ángel que me había abierto los ojos. Había llegado para rescatarme de cometer el error de mi vida. Me sentía hipnotizada mirando a esta mujer. Sus ojos, sus labios carnosos y suaves, sus firmes pechos que asomaban por la inmaculada camisa un poco desabotonada. Todo lo demás dejó de existir, mientras el tiempo no dejaba de correr.

-Y tú, Mariela, ¿quieres por esposo a Javier?

Seguía paralizada, mientras todos esperaban mi respuesta. Mi cuerpo vibraba en mi interior y me sentía atraída salvajemente por Beatriz. No me podía creer lo que me estaba ocurriendo. Esto era lo que llamaban amor a primera vista… estaba segura de ello. Beatriz era la mujer de mi vida. No podía seguir con la farsa en la que me encontraba metida.

Javier me dio un codazo disimulado que me hizo reaccionar.

-No, -dije serenamente- no quiero a Javier por esposo. Ni a Javier ni a ningún otro hombre.

Reacción en cadena; silencio absoluto, desmayos de madres, mis amigas íntimas empezaron cuchichear a mis espaldas, Javier cayó sentado en la silla que, por suerte, tenía detrás. De los padres mejor no hablar.

Lancé el ramo de novia hacia atrás, sin girarme, mientras Beatriz me hacía un guiño, cerrando el libro de ceremonias y acercándose a mi.

-¿Te llevo a algún sitio?, Mariela. –Me preguntó rozando con sus labios de terciopelo el lóbulo de mi oreja.

-¿Tu qué crees? –le respondí.

Antes de montarnos en la Harley, nos fundimos en un primer beso largo y húmedo dejando a los asistentes perplejos y salimos con nuestros corazones unidos para siempre.

Aquella mañana de agosto comprendí muchas cosas que a mis treinta y cinco años no había tenido oportunidad de entender.

jueves, 26 de julio de 2012

METAL (EL QUINTO ELEMENTO)


            La vi salir. A la velocidad del sonido, acompañada de una pequeña llamarada. Rápida, fulminante, dejando un leve rastro de humo.

            Se conectó el mecanismo.

            Me pude ver de niña, con mamá en la piscina de verano. El sol sobre mi piel, el frescor del agua que me rodeaba cuando me lanzaba de cabeza. La soledad. Los bocadillos de Nocilla, los dibujos animados de Mazinguer Z. Los helados …mnnnn… dulces, fresquitos, deliciosos.

            La primera amiga de verdad, el primer amigo especial. Aquel primer perro, mi compañero. Tantos caminos, tantos cruces, tantos desvíos en una sola vida. La indecisión tantas veces compañera. Las decisiones con la dureza del momento. La primera vez, tantas primeras veces.

            Los primeros años en soledad. Aquel coche verde, deportivo, veloz. El primer  viaje en solitario. Girona, Cadaques, Cassà… tantos sueños rotos, tantas ideas confusas. El llanto en las largas noches, la risa compañera en otras tantas. Los otros compañeros en un vaivén de entradas y salidas.

            Mis referencias: mi madre, mis Vicentes… todos, Paco, Tomàs (per supost), Lola y algún innombrables. Mi hijo, la alegría que se queda… su papá.

            La vi venir. Con la velocidad del rayo se estrelló en mi pecho. Con un golpe certero y fulminante ese pequeño pedazo de metal paró mi corazón. Mi realidad convertida en nada. Ya no hay nada, solo el frio cajón del depósito, el calor del fuego, la oscuridad de mi urna, el agua del mar de Ibiza, el aire que me lleva a la tierra de Esvedrà. Nada.


Metal (El quinto elemento)   by Pilar Aleixandre



jueves, 19 de julio de 2012

AGUA (LOS 4 ELEMENTOS)



Ya había terminado los preparativos y estaba esperando con los pies hundidos en la orilla. El romper de las olas hacía resbalar la fina y brillante arena  bajo el peso de su cuerpo. El frescor del agua salpicaba sus piernas, sus brazos, su cara. Un respiro para el calor sofocante que se atenaza a su espalda, a sus hombros. La desierta cala que habían elegido no era conocida por los turistas, ni siquiera los payeses solían acercarse por allí dada la dificultad de acceso.

Ella llegó brazada a brazada surcando las aguas cristalinas, bordeando la sinuosa isla. Acompañada por alguna medusa, tal vez por algún pez avanzaba en su travesía hacia el destino elegido. En silencio realizaba el último esfuerzo que le aproximaba al puerto de su incertidumbre. Atracó en las arenas blancas de la playa donde él la esperaba. Al quitarse las gafas sus ojos se buscaron y cruzaron sus miradas emprendiendo otra travesía por un océano de sensaciones.

Él la recibió con un abrazo de rizo de alegres colores y quedó prendido de su cuerpo, ya despojado de la piel de neopreno. Sus rostros permanecieron escondidos en el cuello del otro, mientras el sabor salado de sus labios penetraba en la boca entreabierta de su protector. En silencio encaminaron sus pasos hacia la jaima que él había montado para recibirla y agasajarla con todo tipo de detalles y comodidades. Deliciosa fruta, bebidas frescas, música relajante y hasta una ducha portátil.

Él la seguía de cerca, desnudándola con la mirada. La toalla que cubría su cuerpo cayó al tiempo que llegaron sus manos volando con ansia para despojarla de bikini. Mientras el silencio seguía presente, la sal marina comenzó a escapar acompañada por la calma y la serenidad, huyendo de la urgencia del deseo. Un deseo que todo lo precipitaba humedeciéndoles también en sus pieles. Los dos bajo el agua de la ducha, ella desnuda, él no. La ropa mojada empezó a abandonar el cuerpo para poseerlo las manos de ella. Ambos tomaron distancia bajo las gotas de agua que no dejaban de caer, mientras sus miradas expresaban el deseo recorriendo el cuerpo del otro ávidas de piel y de sal. Los dedos inquietos jugaban con los pechos, las bocas mordían con desenfreno. En un baile ya imparable comenzaron a fusionarse en un abrazo en el que cada milímetro de sus cuerpos sentía el cuerpo del otro. Ya no había tiempo para nada más. El deseo apremiaba. No sin cierta brusquedad, él giro el cuerpo de la mujer quedando a sus espaldas. Permaneció contemplando aquel cuerpo, disfrutando de la perspectiva que lo revelaba aún más bello. El agua corría mientras el deseo no dejaba de apretar. Sus manos aferraban las caderas de mujer mientras su miembro palpitaba buscando su humedad hasta que logró alcanzarla. Se fundieron, ahora si, hasta lo más íntimo iniciando el baile que les arrastraría por una espiral de placer, de sacudidas, de pasión, de gemidos que se mezclaban con gritos y jabón y les fueron conduciendo hasta el éxtasis esperado, hasta el placer infinito.

Ambos permanecieron entrelazados bajo el correr del agua. La piel, los huesos, el alma todo unido hasta la última molécula. Ya no había prisa, sólo el agua corría.

Ella cerró los ojos y suspiró

-He caído al abismo más profundo –le susurró al oído de su amante.

AGUA (LOS 4 ELEMENTOS)    by Pilar Aleixandre

lunes, 16 de julio de 2012

AIRE (LOS 4 ELEMENTOS)



El frio metal refrescaba sus manos y el inicio de su espalda. Había llegado el momento. Con cuidado traspasó la barrera que la separaba del vacío y ya se encontraba al otro lado de la barandilla con las puntas de sus pies suspendidas sobre los cientos de metros que la alejaban de la tierra, de las piedras, de unos pocos matorrales, del vacío que se extendía por debajo de su cuerpo. Ese espacio repleto de aire, ese aire que tantas veces la asfixiaba de una forma incomprensible.

-Ni se te ocurra moverte, Ahora no –escuchó con firmeza a sus espaldas.

-¿Estás segura de querer hacerlo? -le preguntó una voz distinta a la anterior.

Ella no podía responder, sus ojos clavados al fondo del vacío, el aire imperceptible llenándolo todo. Sus manos aferradas a la barandilla, el frio subiendo por sus brazos. El aire…el aire… le faltaba el aire. La adrenalina quería empezar a fluir, ella no se lo consentiría, todavía no.

Por unos instantes el miedo se apoderó de su voluntad. Al intentar moverse un poco para retroceder, los pies perdieron la estabilidad. Sus botas de montaña no se sujetaban con demasiada eficacia al borde de la pasarela. Ahora si, la adrenalina empezó a brotar. Desde el interior de su estomago fue subiendo como una cascada de aire movido por el aleteo de un millar de mariposas. La respiración agitada, mucho más de lo que ella creía poder soportar. Las manos empezando a sentir el dolor punzante del esfuerzo por sujetarse. No estaba segura de lo que iba a hacer. Si alguien le hubiese cuestionado otra vez sobre su convencimiento se hubiera echado a llorar y hubiese desistido en su objetivo. Pero esto no ocurrió.

-Ya –susurró alguien tras ella, junto a su oído.

-No, no puedo -gritó en lo más profundo de su mente-.

Unas milésimas de segundos después sus manos se soltaron y sus piernas la impulsaron al vacío. Era lo previsto. Su cuerpo describió una parábola cruzando el aire. Sus brazos abiertos cual alas carentes de plumas cortaron el vacío que la separaba del fondo. Sus ojos cerrados, con los párpados presionando fuerte uno contra el otro. Tal vez se le escapó un grito que cortó el aire que lo envolvía todo, que la envolvía en su caída al vacío. Notaba su frescor que le golpeaba la cara empujando su cabello apartándolo del rostro.

Por fin llegó. Un ligero tifón la acabó colocando en la posición prevista. Quedó colgando boca abajo a escasos metros del suelo. Abrió los ojos para descubrir un mundo del revés. Su peso muerto permanecía izado, balanceándose como el péndulo de un inmenso reloj que no dejaba que el tiempo se parase. Surcando el aire sintiendo como silbaba en sus oídos rompiendo el silencio.

-¡Quiero volver a saltar! –gritó sonriendo.

AIRE (LOS 4 ELEMENTOS) By Pilar Aleixandre

miércoles, 11 de julio de 2012

TIERRA (LOS 4 ELEMENTOS)


Desde el fondo del templo observaba como los asistentes a la ceremonia estaban en una actitud íntima de recogimiento. Los hombres a la izquierda, las mujeres a la derecha. Los veía a todos de espaldas con sus cabezas en ligera inclinación hacia delante. Todos vestidos de riguroso negro. Todos excepto el oficiante que, ataviado con sus hábitos eclesiásticos,  conducía el acto con la letanía de su voz mientras hurgaba en el interior del corazón de los asistentes, haciéndoles brotar los sentimientos en forma de furtivas lágrimas que resbalan por sus mejillas.

Recostado contra la puerta de entrada observaba con curiosidad. Isaac, su pareja, parecía destrozado, abatido, apoyado sobre el costado de su hermana, como una marioneta con los hilos cortados, como un brote que no puede seguir adelante por la sequía que lo azota.  Isaac, su amor, el centro de su vida. Nadie de su familia asistió, nadie de los presentes tenía un vínculo de sangre que lo uniese a él. Hacía ya unos años que habían cortado el contacto, la comunicación familiar. Su padre no pudo soportar la idea de su homosexualidad y su madre, como siempre sumisa, se dejó arrastrar por el fuerte carácter de papá. Andrés hacía años que se sentía solo, sin raíces, sin familia, su familia se reducía a Isaac.

Una vez terminada la ceremonia desfilaban hacia el cementerio donde la tierra le cubriría y le acompañaría para siempre. Al final del séquito estaba ella. El lado oscuro. Anita fue su perdición, ella siempre deseó que Andrés se fijara en ella siempre quiso conseguir su amor. Años de empeño e insistencia sin querer aceptar las inclinaciones de Andrés.

Nunca pensó que su vida acabaría de esta forma tan inesperada, tan brusca. Fue una noche cualquiera en la que Andrés estaba solo en su casa. Isaac se encontraba de viaje de negocios, como otras tantas veces, y no regresaría hasta la noche siguiente. Con una escusa tonta Anita llegó, preciosa, vestida para una ocasión especial. Vestida para matar. Cuero negro sobre tacones afilados, como dos estiletes  y un delicado pañuelo de seda roja anudado a su cuello. Sin mediar palabra al entrar le empujó contra la pared del hall. Anita era fuerte y su fortaleza aumentaba cuando era presa de la excitación y el deseo, de la rabia y el odio. Aquí sus recuerdos ya se convertían en un baile de sangre y vísceras.

Andrés cambió la cabeza de lado acomodándola bajo su brazo izquierdo, que seguía en posición de jarra, quedando muy bien sujeta por su mano, sintiendo como la sangre ya formaba una costra seca alrededor del cuello cercenado por el certero corte que Anita le asestó. Cuando miró hacia arriba, descubrió que donde estuvo su corazón había ahora un vacío oscuro y silencioso.

En la boca de Anita todavía quedaba el regusto del Bloody Mary que se preparó. Nueve partes de vodka, una pizca de sal de apio y pimienta negra, seis cuidadosos chorritos de salsa Worcestershire, una cucharada de Tabasco que le daba el toque picante que tanto le gustaba, un chorrito de zumo de lima y seis partes de espuma del corazón de su amado.

Mientras la boca de Andrés se llenaba de tierra, todo a su alrededor tenía ese olor acre que se introducía en su alma y daba rienda suelta a los recuerdos.  Ese olor a tierra mojada.
TIERRA (LOS 4 ELEMENTOS)  by   Pilar Aleixandre 

lunes, 9 de julio de 2012

FUEGO (LOS 4 ELEMENTOS)


           Seguía echando agua sobre las cenizas. La presión con la que ésta salía le empujaba contra el lateral del camión. Sus escasas fuerzas parecían abandonarle mientras sentía que el calor sofocante hacía el aire casi irrespirable. Alrededor las llamas seguían gimiendo, lamiendo los tronchos que intentaban escapar hacia el cielo abierto. Los helicópteros descargaban a menos de cien metros las cestas llenas de fresca esperanza. Aquel infierno parecía que nunca iba a acabar.

De pronto la vio, junto a los árboles que había mudado su color antes verde  a un negro ceniciento, humeante. Él, sin soltar la manguera, recostándose extenuado contra el camión levantó las gafas protectoras que estaban encajadas en su rostro y se frotó los ojos. Al volver a enfocar la mirada ella todavía estaba allí.

-¡Oiga!, ¡salga de ahí! –exclamó con voz temblorosa-  ¿Cómo ha llegado usted aquí?

            Él no esperó respuesta, ya había abandonado la manguera a su suerte y con ella la seguridad del camión de bomberos. La mujer le miró por encima de su hombro y emprendió la marcha entre los troncos quemados, sin mirar atrás, desplegando su cabello rojo, rizado, que como una capa acompañaba su caminar seguro, decidido.

            -Señora, por favor, no debería seguir. Esto es muy peligroso, las llamas nos pueden alcanzar en cualquier momento

            Ricardo alzaba cada vez más la voz, temeroso de que la mujer no le pudiera escuchar ya que el rugido del fuego parecía volver a elevar su volumen. Ella no se detuvo. Casi creyó que era producto de su imaginación, de no ser porque ella le volvió a buscar por encima de su hombro y se cruzaron sus miradas. La de Ricardo asustada, cansada. La de la mujer firme, cargada de confianza, de paz.

            En aquel momento todo se precipitó. Una lengua de fuego se lanzó desde lo más alto, mientras bajaba por los árboles que ya no le podían servir de alimento, ella paró y extendiendo sus brazos le invitó a protegerse en su regazo. Ricardo no podía respirar, notaba el peso del fuego sobre sus hombros, el aire denso parecía querer hacer estallar sus pulmones. Todo estaba a punto de arder, su casco, su ropa contraincendios, sus botas, su rostro, su alma. Todo era fuego a su alrededor, no había tierra ni árboles, ni cielo. Sin pensarlo se dejó llevar y se acurrucó en los brazos de la mujer que arropada por su cabello rojo le acogió en su seno dejando que la calma se adueñara de él.

Y fue entonces cuando lo entendió, cuando todo quedó en un silencio instantáneo, cuando pudo cerrar los ojos al tiempo que alzaba su rostro buscando los labios de aquella mujer. Su labor había terminado, había alcanzado su objetivo. Seria el último fuego que apagaría.  Al sentir los labios de ella entre los suyos, abrió los ojos  y  se abandonó a aquella visión de color aguamarina, a aquel perfume dulce,  a aquel sabor de caramelo, a la suavidad de su cabello. Ahora sentía frio.

FUEGO (LOS 4 ELEMENTOS)  by Pilar Aleixandre