domingo, 8 de mayo de 2016

CUENTA ATRÁS

  
 
El camino empezó. Un paso tras otro le llevará al final de su misión. Sólo nosotros sabemos nuestro gran secreto. Unas cortas confesiones, separados por varias generaciones, nos han aproximado a la aparente comprensión tan anhelada.
 
 
Tanto por aprender... gracias, gracias, gracias. Has sido referente, modelo a seguir o cambiar. Has sido reflexión y análisis. Ahora cedes, abres los ojos y reconoces... Nadie te enseñó a sonreír.
 
Después del tiempo muerto, encontramos esos minutos que el arbitro nos regala inesperadamente...
 
Aprovecha! Ríe, sonríe, di todo aquello que callaste porque no creías que era necesario. Date la oportunidad que te has encontrado al otro lado de la luz... Confía...
 
Te quiero

martes, 16 de febrero de 2016

Borrado


Borrado,  como si esto solucionara algo.

Una parte de su alma había quedado necrosada por la pérdida de aquellos brazos, sus abrazos. Piel transparente que ya no volvería a fundirse con su propia envoltura… aquellos corazones sintiéndose almas palpitando en un solo tempo…

Todo esto pretendía borrar con un solo dedo. Pero, ¿y este vacío?, ¿cómo rellenar algo que había quedado desolado?…

miércoles, 3 de febrero de 2016

Un día cualquiera...


Uno de esos días en los que parecía que iba  a ser un día más, llegaron tus ojos y mi mirada se perdió en ellos. Mi talle encontró aquellos brazos que sabían hacer sin necesidad de ser guiados. Y encajaban y ajustaban, en la justa medida del molde perfecto. Un abrazo nos dejó impregnados del aroma del cuerpo desconocido, reconocido como el que complementa lo más profundo del propio ser. Palabras parpadeadas en miradas mantenidas. Besos derramados desde la piel, sin labios, sin lengua, sin dientes… Palabras que se hacen eco de las que salen de la boca desconocida, la que destila la potencia del sentir….

 
Uno de estos días tiro la casa por la ventana, quemo mis naves, me corto la melena, tatúo profundamente tu ser en mi alma y echo a volar lejos de tu recuerdo.

domingo, 31 de enero de 2016

LA TESITURA DEL ORNITORRINCO


Lucía empezó a revolverse de forma compulsiva entre las sábanas. Su respiración se agitaba, entrecortada, casi como un jadeo. Javier salió de su sueño poco profundo. Esto no era la primera vez que ocurría. Lucía tenía un sinfín de pesadillas que hacían que las noches de Javier se convirtieran en un duermevela, vigilante, siempre dispuesto a sacar su espada de San Jorge para luchar con los dragones que atormentaban a su linda princesa.

 

 

-Sigue nadando… más deprisa… no te vuelvas.- Lucía se repetía este mantra mental mientras sus músculos ya estaban dando todo de sí. El fallo muscular estaba próximo. Pero el ornitorrinco estaba todavía más cerca de lo que ella podía llegar a imaginar. Los electroreceptores localizados en el pico de aquel formidable espécimen, capricho de la naturaleza, habían captado los campos eléctricos que generaban los músculos Lucía, una gran nadadora.

 

 

Javier se aproximó al cuerpo desnudo de Lucía, mientras ella no dejaba de bracear. Él había aprendido a mantener la calma, ya sabía que todo era un sueño y pronto acabaría. Sabía el final. Intentó rodearla con sus brazos de una forma suave. Ella le golpeó con fiereza con su codo en el pecho. Esto dolió. También le provocó una inmediata erección acompañada del irreprimible deseo de poseerla. Comenzaba su lucha particular y real. Una vez más se encontraba  en esa tesitura tan difícil de resolver.

 

 

Lucía no podía más. Llegó el momento de tomar la decisión. Sabía que tal vez esto le costara la vida. Dejó de nadar. Permaneció  flotando desnuda en la superficie del agua que empezó a recobrar la calma al tiempo que su respiración volvía a la normalidad. El ornitorrinco inició su baile acuático dibujando círculos acechando el cuerpo de Lucía. Sus pechos sobresalían de la superficie que reflejaba la luna, el vello de su pubis era una isla desierta en la que ya nada quedaba de vida. Ella no se atrevía a abrir sus ojos. Como otras tantas veces llegaría el momento. Aquel animal caprichoso acabaría inoculándole su veneno y dejándola paralizada, dolorida, flotando en las aguas de la muerte. Una lágrima rodó por su húmeda mejilla.

 

 

 

Lucía dejó de moverse. Su respiración se calmó hasta ser tan leve que parecía no existir. Esto excitó todavía más a Javier. La rodeó con sus brazos acoplando la espalda de la mujer a su abdomen, su sexo erecto hundido entre los sugerentes glúteos de su compañera. Las manos de Javier se amoldaron a los turgentes pechos de Lucía. Resistiendo el potente deseo de penetrarla, aproximó sus labios un poco más al cuello de Lucía y como tantas otras veces sopló con suavidad en el oído de su princesa. La penetró con un soplo de aliento con la intención de llevarle la vida. Sopló, sopló, sopló aliento de vida. Y Lucía revivió.

Lucía condujo la mano de Javier hasta su propio sexo, húmedo y cálido que acogió los hábiles dedos que  tan bien conocían los caminos de su interior. Movió con certeza su otra mano hasta la pelvis de Javier tirando de ella para sentir la presión de su miembro erguido, desafiante.

 

 

 

El ornitorrinco dejó de nadar. Lucía se dio la vuelta quedando frente a él, erguida, flotando con un suave movimiento de sus piernas y brazos, penetrándole con la mirada feroz de la supervivencia. El animal comenzó a retroceder mientras ella se le aproximaba lentamente. Ninguna de sus presas se había enfrentado jamás a él. Sentía la vibración de sus aguijones cargados del veneno letal. Pero aquella mirada. En su cerebro animal se sintió en una difícil tesitura. Sin dudarlo más se alejó de la mujer. Llegaría el momento, solo debía esperar la ocasión.

 

 

 

Lucía se revolvió entre las sábanas quedando con su rostro a escasos centímetros del  de Javier. Los ojos de Lucía tenían aquella mirada penetrante que algunas veces llegaba a asustarle. Veía la furia, el miedo, la pasión, todo aquello que ella le daba cuando tenía aquellas pesadillas que nunca le contaba. Lucía separó sus piernas dejando al descubierto su sexo receptor. Se montó sobre el cuerpo de Javier, rodeándolo con sus muslos y buscó una violenta penetración. Empezó con fuerza, elevando su cuerpo y dejándolo caer rítmicamente provocando el gemido de Javier. Se movían en esa delgada línea que separa el placer del dolor, el miedo de la pasión. Luego la cadencia fue perdiendo fiereza, fue mutando hasta llegar a esa penetración con la presión exacta sobre el miembro erecto de Javier. Se fue ajustando el ritmo y la profundidad hasta la perfecta intensidad que Lucía necesitaba para llegar a el clímax de aquella pasión irracional. Se fundieron en un solo cuerpo, capricho de la naturaleza. Un cuerpo con senos erectos, vientre suave, brazos fuertes. Un solo ser hermafrodita envuelto con una única piel.

Como cada noche de pesadillas el sexo duró interminables horas, hasta que ambos cayeron exhaustos. Una vez más, todavía fundidos en el abrazo que duraría el resto de la noche, Javier le preguntó sobre el sueño. Sabía la respuesta que recibiría de Lucia.

-Ya sabes que nunca te lo contaré.

Lucía sonrió levemente al cerrar sus ojos buscando otra vez el sueño. Sintió la suavidad del pelaje del ornitorrinco tumbado a su lado.

lunes, 13 de abril de 2015

Caperucita Roja. Historias de caracoles, gladiadores…VI (Último acto)


Red despertó en la cama del hospital, sola. Sus muñecas  vendadas, sus brazos atados a la cama. Los sonidos de las máquinas que querían llenar su soledad impregnaban el silencio. Temía abrir sus ojos, no sabía si había conseguido acabar con su fantasía, no sabía si Lobo seguiría allí. Se volvió a quedar dormida.

 

Red despertó sobresaltada con el suave roce de las garras de Lobo en su alma. Abrió sus ojos y allí estaba él, más bello que nunca. En la transparencia de su imagen el brillo de sus colmillos parecía más amenazador que nunca. Red no quería verlo más y estaba segura de que él no la abandonaría. Ya no había coraza que la pudiera defender. Ya no había nada por lo que luchar

Cerró sus ojos y decidió no volverlos a abrir jamás.

 

Silencio y soledad

 

 

 

Fin

domingo, 12 de abril de 2015

Caperucita Roja. Historias de caracoles, gladiadores…V (El cazador)


Todo ocurrió de una forma precipitada. Red rasgó sus venas pensando que en ellas residía su fantasía. Su sangré empezó a teñir de rojo el decorado del salón de casa de Abuelita. En el mismo instante en el que Abuelita horrorizada tapaba sus ojos con sus manos cansadas, Lobo saltaba sobre Red para evitar que cortase las venas de su otra muñeca. Un sordo sonido puso silencio a tanto alboroto.

miércoles, 8 de abril de 2015

Caperucita Roja. IV (Abuelita)


Abuelita abrió la puerta y vio las orejas de Lobo apuntando al soleado cielo de primavera. Su corazón se aceleró ligeramente. No estaba para aquellas sorpresas tan inesperadas. Había abierto pensando que sería Red que le traía sus medicinas. Estaba ya tan mayor que apenas salía de casa. Pero no, Lobo con sus blancos y afilados dientes le esperaba al otro lado de la puerta.

Abuelita enfocó su cansada mirada a través de los cristales de sus gafas. No podía creer el impresionante parecido entre Lobo  y su amado marido ya fallecido hacía unos años. Fue este recuerdo el que animó a Abuelita a dejar entrar a Lobo en casa y compartir con él un té mientras esperaban a Red.

Lobo era amable y gentil, preparó un exquisito té que acompañó a los pasteles que traía para la visita. Mientras él preparaba todo, Abuelita observaba desde su mecedora. No negaremos que había mariposas revoloteando en el interior de su barriguita. Era una anciana todavía bella y sus ojos brillaban con el recuerdo de su esposo. O tal vez las mariposas eran fruto del miedo que inspiraba Lobo.

-No hay lobos buenos- dijo Abuelita sin darse cuenta de que hablaba en voz alta y no para sus adentros.

-Me parece curioso –respondió Lobo con un tono sereno en su voz- que todavía crea que las apariencias no pueden engañar.

Lobo sirvió el té y desenvolvió delicadamente la bandeja de pasteles

 

 

 

Red, entre convulsiones y temblores, dejó caer la cuchilla que, en su baile acuático, llegó al fondo metálico dela bañera. Gato siguió con su arduo trabajo de acicalarse y limpiar y colocar cada pelito de su cuerpo en su justo sitio. Red sacó las tijeras del primer cajón del mueble y con pulso firme comenzó a cortar su cabello. Mechón a mechón fue alfombrando la frialdad del suelo cerámico del baño. En pocos minutos su larga cabellera rojiza yacía sin vida rodeando la blanca piel de sus pies. Apenas se secó. Un poco de espuma para alborotar los cortos cabellos, un poco de maquillaje para disimular esas imperfecciones que los años dejan en la piel, un poco de rímel y lista. Se vistió a toda trisa con lo primero que encontró en el armario. Sus vaqueros de siempre, sus botas de siempre y su camisa de siempre. Entre sus pechos el amuleto que alguien le dio para preservarla de las caídas  fulminantes. Abotono uno más para que nadie lo viera. Se colocó su coraza y salió a la calle

 

 

Cuando Lobo abrió la puerta se encontró con una Red cambiada. Sus cabellos todavía húmedos  brillaban todavía bajo los rayos del sol. No se quitó sus gafas. Pero Lobo adivinó su sorpresa al encontrarlo allí, en casa de Abuelita. También percibió un ligero temblor en el cuerpo de Red. Tal vez ella pensó que era tarde, que Abuelita ya estaba muerta.

-       Pasa hija, pasa, se escuchó la voz trémula de Abuelita que llegaba desde el fondo de la casa.

Red dejó su capa en el perchero de la entrada y camino con paso firme delante de Lobo. No se quitó su coraza. Lobo observaba el caminar de aquella mujer que tanto amaba, que tanto deseaba. Red levantó sus gafas de sol para besar a Abuelita y sus ojos iluminaros la estancia. Lobo brilló bajo esa luz.

-       Ves, hija- dijo Abuelita- nada es lo que parece

Pero red, sin pestañear, metió la mano en el bolsillo de su vaquero y sacó la cuchilla. Había tomado la determinación de llegar hasta el fondo de la realidad de Lobo, de su propia realidad. Levantó su mano izquierda mostrando sus propias venas y posó con firmeza la cuchilla sobre ellas.

 

Silencio